Visita familiar en Amantaní

Más allá de las islas flotantes, a unas tres horas, se encuentran Taquile y Amantaní (en este caso islas no creadas por el humano). Hay miles de voluntarios para organizarte una visita allí, pero si uno consigue esquivarlos en el puerto y dirigirse directamente al capitán pagará menos y, paradójicamente, los habitantes de los lugares que visite recibirán más.

La mayoría de viajeros suelen acercarse desde la ciudad de Puno hasta las Uros para llegar posteriormente a Taquile, pero si se está dispuesto a pasar una noche en familia, una buena opción es quedarse a dormir en la más lejana de las dos islas: Amantaní.
Al llegar el capitán distribuye a los visitantes entre las representantes de cada familia (en su mayoría mujeres vestidas con faldas de colores fucsia, rojo y naranja, y un panuelo negro con bordados en la cabeza). El 80% de las casas acogen a turistas de forma rotatoria para repartir el beneficio. Pero su forma de vida no se limita al hospedaje, son agricultores y ganaderos, hay ovejas, gallinas y burros, aunque prácticamente nunca se come carne. Y no, “no hay perros, porque no hay maleantes”. El mensaje nos llega a través de varios interlocutores: “aquí todo es paz”. Una paz tal vez contagiada por lo que podría ser un mar en calma, increíblemente azul y frío (unos 9º, a más de 3.800 metros de alt.), el Titicaca.
Nosotros vamos a parar a casa de Olga, hermana de Simón, el capitán del barco que nos ha traído hasta aquí. Nos da de comer sopas vegetales deliciosas acompañadas con papas, oca (una especie de patata alargada y más dulce) o arroz con zanahoria. Conocemos a sus dos hijos, Persi y Doris, de 12 y 16. A él le ayudamos con las sumas a la luz de una vela*, a ella no podemos ayudarla con los vectores.
Doris estudia matemáticas con un libro en castellano, un idioma que no domina, y eso suele dificultar las cosas. En casa, en (casi) todas las casas de Amantaní se habla quechua, aunque estudian inglés y castellano en la escuela. Allí les prestan también los libros, que en el caso del de matemáticas (un Santillana) va adobado con la fotografía del Presidente, Alan García, en el interior de la portada, tal vez para que no olviden quién se los dejó.
Nos pasamos la tarde hablando con Mario, el señor que hospeda a dos compañeros limeños de viaje. Nos explica que en la isla hay 10 comunidades vecinas, que estaban preparados para luchar contra Sendero Luminoso si alguna vez llegaban hasta allí, que aquellos tiempos fueron muy malos y que nadie quería venir. Nos narra también la que para él es la historia resumida de su pueblo: llegaron 4 que querían explotar las tierras y decidieron explotar también a alguna gente para ello. Los trajeron aquí, abusaban de ellos “y como no sabían leer ni escribir tampoco podían defenderse. Pero poco a poco algunos se fueron formando en las ciudades, el pueblo se reveló y los balearon. Todavía recuerdo a alguno de ellos caminando cojo”. Los que quedaron se quedaron con la tierra y, también aquí, aún hoy siguen haciéndole ofrendas, no sólo a la Pachamama, sino también al Pachatata (Padre Tierra), que a su vez dan nombre a los dos cerros más populares de la isla.
La ausencia de luz artificial favorece el madrugón. Un nuevo descubrimiento: irse a la cama a las 9 permite despertarse fresco a las 6 de la mañana. Nos lavamos la cara en el lago y vamos al mercado local, que tiene lugar cada lunes y jueves. En realidad se trata de una serie de mantas cubiertas por productos de alimentación, higiene, vestuario, construcción… Sí, también hay ladrillos, y los vecinos se los llevan en sus telas, a la espalda, hasta el lugar donde se está levantando la última casa. La hacen entre muchos que han dedicido aplicar el hoy por ti mañana por mí al mercado inmobiliario. Olga está vendiendo jugos.
Llega la hora de irse y, para culminar la oferta culinaria, nos despiden con un panqueque tomado a toda prisa porque están preocupados de que no lleguemos a coger el barco de regreso (para que luego digan que el peruano no es puntual), por eso y porque Doris todavía no ha salido hacia el colegio y faltan 10 minutos para que empiecen las clases. Tal vez hoy le expliquen lo que es un seno y un coseno, tal vez mañana lo entienda y en unos años sea enfermera en Perú, que es lo que todos en casa dicen que quiere ser.
[*También Mario nos explica que “Fujimori trajo la electricidad” pero que encender la luz dos horas al día es demasiado caro, puesto que funciona con un generador y éste a su vez con “petróleo”, así que no la utilizan. El que puede, “los que tienen plata, se instalan placas solares” y los que no, a dos velas.]

1 Comment

  • Responder septiembre 15, 2008

    El ocaso

    ¡Te pille!

    Ahora mismito voy a por mis gafas de leer.

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