Riviera Maya: lejos de todo

Estar lejos de todo.

Es un deseo recurrente. El instinto de huida se activa cuando las cosas se ponen feas o incluso cuando son simplemente opacas, en su acepción literal de no dejar pasar la luz.

Estar lejos de todo, en un mar turquesa con nubes bajas y esponjosas en el horizonte. Arena fina de playa, blanca, caliente sin llegar a quemar. Algún pelícano que de vez en cuando emprende el vuelo, sin coger más altura que la necesaria para lanzarse de cabeza de nuevo al mar, a pescar alguno de los peces que se ven fácilmente en el agua transparente. Olvidaba la hamaca y el cóctel con hielo picado y pajita, con o sin alcohol. Y la sombrilla, hecha de madera y techo de palma.

Lejos de todo, decía, dejando pasar el tiempo suficiente para olvidarlo todo. O sólo lo superfluo. ¿Qué recordaríamos entonces? ¿A qué dificultades no estaríamos dispuestos a renunciar? Esas serán las únicas que importen. Sedazo que aligera la carga.

Lejos de todo, en un punto cualquiera de la Riviera Maya, en la costa caribeña, te preguntas cuánto tiempo llevaría olvidarlo todo. En este caso no como un deseo recurrente sino como una ventana al abismo de vivir sin pasados, sin vínculos.

Sin respuesta, sigues escribiendo, la sal congela tus facciones, las olas mecen tus oídos.

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