Recuerdos del paraíso, Truman

Nunca había estado en un lugar así. Un no lugar, más bien, un oasis que podría estar en cualquier punto del globo, coexistiendo con cualquier realidad paralela, ignorada, transcurriendo independientemente de ella. La emulación de un paraíso comparable a la Alhambra o a cualquier complejo palaciego pensado para satisfacer a sus habitantes hasta los límites de lo imaginable.

Ya en el aeropuerto un agente turístico nos dijo: “Bienvenidos al paraíso”, y ahí empezó la ficción, todos compinchados para generar la ilusión de haber llegado a ese lugar, a ese no lugar en el que todo lo que pides se te concede (pulserita mediante), en la que hordas de humanos han sido contratados para exaltar tu alegría, para ofrecerte cócteles a la entrada de un buffet libre, para organizar espectáculos que te hagan olvidar cada noche lo que quiera que dejaras atrás, para sonreír cada vez que te cruzas con ellos mientras se aseguran de no dejar crecer telas de araña en las esquinas, de barrer cada cinco minutos la arena que se acumula en la pasarela de playa, de preguntarte en el momento en que te has tumbado en una increíble cama protegida del sol pero frente a un mar turquesa si te apetece tomar algo (sin coste adicional, llevas pulserita), o si te apetece participar en una clase de zumba, o hacerte trenzas o un masaje con el sonido de las olas de fondo.

Todo sin atosigar, haciendo que todo fluya como si ésta fuera la normalidad, la misma normalidad de los sueños: acepte todo lo que sucede, elimine las barreras de la lógica del despierto. Ándele, déjese llevar, qué le importa si esto es el show de Truman o el de Cantiflas. Porque sí, estamos en México, pero ¿quién podría asegurarlo? Es la Riviera Maya, lo pone en todas las viseras a la venta en diferentes puestos de souvenirs, pero en dos días no hemos salido del hotel, aquí están la playa, la piscina, 5 restaurantes, carritos estilo campo de golf para transportarte de un lugar a otro y cientos de personas sublimemente distribuidos para evitar la vulgar sensación de aglomeración. “El hotel del paraíso no puede ser un edificio inmenso repleto de turistas, haremos pequeñas construcciones de tres pisos emulando un tranquilo pueblo”, puedo imaginármelos concibiendo el complejo y apuntando todo lo que uno podría desear para sentirse el centro del universo.

Mientras escribo, desde la ya mencionada cama situada en la playa, algo me distrae, ah, sí, es un pavo real paseándose por la arena. Reconoceré que por ser el segundo día aquí todavía me sorprende, pero no es el primero que veo. Pavos reales, gallinas de Guinea, cisnes, grullas, una iguana, coatís (una mezcla de mono y mapache para los no entendidos)… cohabitan en este espacio imaginario, caminando por la hierba, en la orilla de la piscina o en los pequeños estanques que rodean todo el camino brillante, impoluto, que conduce de la recepción hacia las habitaciones. Un pasadizo rodeado de agua, concebido como el espacio necesario para la transición, de lo real a lo onírico en 600 cortos pasos.

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