Portland y la casa móvil, primer contacto con los USA

Llegamos a Portland desde Barcelona en un vuelo de más de 20 horas, con escala en Philadelphia, ese lugar que evoca a la vez la maravillosa canción de Springsteen -Streets of Philadelphia- para la banda sonora de la película con el mismo nombre, y al queso para untar que para tu sorpresa cuando eres un niño, no se escribe con F sino con Ph.

Philadelphia

Parte de una exposición sobre la lucha por los derechos civiles en el aeropuerto de Philadelphia

A Portland vamos a recoger la autocaravana que hemos alquilado para recorrer durante tres semanas la costa de Oregón y California. El clímax del viaje: San Francisco. Llegaremos hasta allí y volveremos a subir. Así que nos reservamos para el final lo de profundizar en Portland.

Antes de partir y gracias al madrugón sin dolor que te permite el jet lag, paseamos a primera hora por un gran parque con sillas y mesas a disposición de los paseantes, una fuente a ras de suelo que varía acompasadamente la intensidad de sus chorros, y una escultura metálica y realista de una jardinera ensalzada en un pedestal.

Nos sorprendemos de que las mesas duerman al aire libre y sin ataduras, cuánto civismo… sólo unos pasos después descubrimos que algunas han sido lanzadas sobre los setos sin que la jardinera metálica pudiera hacer nada por evitarlo. Son humanos, habrá pensado, yo también lo fui antes de convertirme en estatua.

Después de respirar el verde de esas horas del día en el que el sol está recién estrenado y admirarnos ante los primeros grandes árboles del viaje, nos disponemos a pasarnos al otro lado, de la acera, y del mundo: de un sucedáneo de la naturaleza al primer centro comercial del viaje.

Todo se articula alrededor de una gran pista de patinaje sobre hielo donde un grupo de niños ya ha empezado a entrenar recorriendo la pista de un lado a otro bajo la instrucción de una monitora vestida de calle. Es la única que no se ha disfrazado de patinadora, el resto visten maravillosos trajes mayoritariamente rosas y brillantes.

Alrededor de ese oasis de hielo -en el que no paran de aterrizar nuevos grupos de niños y monitoras- hay: tiendas de telefonía móvil, heladerías, cafeterías, cadenas de moda, kioskos rebosantes de fundas de móviles (ese objeto pensado para autodestruirse periódicamente dando sentido a este, de otro modo, frágil negocio), en definitiva, lo propio de un centro comercial que en Internet los críticos califican de anticuado y que a nosotros nos parece impolutamente grande.

En varias de esas tiendas hay mesas con un tLegos mobileablero de Lego e infinitas fichas para que jueguen y se entretengan los hijos de  compradores, en una de ellas conseguimos una tarjeta prepago. En otra, una de las librerías de la cadena Barnes and Noble, libretas de viaje y un libro de los San Francisco Writers con propuestas de ejercicios literarios, a las 11h. está prevista una lectura de cuentos infantiles a la que no podremos quedarnos.

Nos integramos en la cultura local adquiriendo un café en Starbucks y nos lo tomamos en la pequeña plaza que precede al centro comercial, con una fuente y una escultura hecha de gigantes monedas de piedra con una inscripción en su lomo, todas grandes citas que loan las grandezas del capitalismo.

Superado el ritual del café para llevar, volvemos al único hotel en el que prevemos dormir durante todo el viaje, allí cogeremos un taxi hacia el parking de autocaravanas. Lo llaman desde recepción y aparece enseguida, un taxi negro con un flor roja en el que se puede leer que se trata de una flota de vehículos conducidos por veteranos de guerra. Una mujer sonriente, con gafas de sol y brazos tatuados nos ayuda a subir mochilas y maletas (23 kilos, en el límite de US Airways).

Cartel Es el primer contacto con este grupo social venerado en los taxis, en los supermercados (con carteles de campañas solidarias vinculadas a diferentes productos dirigidas a apoyarles) y en lugares especialmente destinados a honrar su labor, que se anuncian desde la carretera.

En el centro de recogida del que deberá ser nuestro hogar durante las próximas semanas, la autocaravana, motorhome, RV (/er vi/, las siglas de vehículo recreativo en inglés) nos atiende una señora fuerte y ruda, rubia y fornida, que es la encargada de organizar todo el parque de vehículos de Cruise America.

Algunas tienen el tamaño de un autobús otros apenas el de un todoterreno largo, pero todas sin excepción son grandes anuncios ambulantes: forradas de vinilos con imágenes del Gran Cañon, niños sonrientes y el teléfono al que llamar para alquilar una. Lo único que falta es que indiquen el precio, pero ése no es problema para los habitantes de Oregón y el norte de California que se acercan sin reparos con un “¡Oh, se alquilan! ¡Qué gran idea! ¿Cuánto os ha costado?”.

A pesar de esto no son feas, son exactamente como en el vídeo demostrativo que vimos antes de llegar, a petición suya. Las zonas que no cubre el vinilo son blancas y están como nuevas por fuera y por dentro.

Autocaravana baja
Después de rellenar los papeles pertinentes y firmar comprometiéndonos a no ir con la autocaravana al festival más salvaje del desierto de Nevada, el Burning Man, donde las altas temperaturas y otras locuras podrían poner en riesgo al vehículo, asistimos con atención a las instrucciones de Steve, un hombre delgado y con sombrero blando de explorador que desprende bonhomía por ojos (saltones), voz (dulce) y gestos (articulados en una lenta danza que nos permitirá conocer cómo funciona todo).

Metemos nuestra ropa en los pocos armarios con los que cuenta este modelo, el más pequeño de todos (6 metros) y les dejamos las maletas siguiendo su ofrecimiento y teniendo en cuenta que no hay otro lugar para dejarlas dentro del vehículo.

La operación salida es lenta y el mismo proceso se está llevando a cabo a la vez en una caravana más grande aparcada a nuestro lado. La mujer ruda va suavizando cada vez más el trato, llama ella misma para reservar el primer camping del viaje al ver que está lleno el que teníamos pensado en Canon Beach y acaba por presentarnos a su nieta de un mes, Evelyn, la cuarta, “es tan pequeña, pesa 3 kilos, ninguno de mis nietos ha sido tan pequeño ni siquiera al nacer”. Estamos preparados para irnos. Primer destino, escogido por ella tras echar un vistazo a la guía de campings: Lincoln City. Por más que nos lo preguntamos a lo largo del viaje seguimos sin saber responder: ¿por qué?

To be continued… (Diarios de autocaravana: 1/n)

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