Mljet: tres días en la isla croata

¿Vosotros de qué equipo sois? Nos lo pregunta un niño de 14 años, hijo de  los caseros, habla un inglés perfecto. “He vivido catorce años aquí, hay una escuela en Babino Polje, pero ahora voy al instituto en Dubrovnik, duermo allí y vuelvo los fines de semana”. Todo sucede en Babino Polje, el mercado grande también está allí, más o menos en la mitad de la isla, a medio camino entre sus dos extremos: el parque nacional de Mljet, con sus dos lagos interiores, y Saplunara, con una de las pocas, por no decir únicas, playas de arena de la isla y con mucho menos turismo que Pomena o Polace: puertos llenos de barcos y algunos restaurantes pegados a los caladeros donde se ofrece pescado a la brasa a un alto precio, perfumando de olor a leña la única calle del pueblo, que lleva su mismo nombre en el caso de Polace.

Así que dormimos en el número 2 de Polace, a secas, porque lo de que hay una sola calle no es metafórico sino literal. En Polace se encuentran también los restos de un Palacio romano y una pequeña playa de piedras, aunque esta última no demasiado limpia. Las vistas desde el número dos son las mismas que desde casi todos los números, un mar calmado, decenas de barcos con las velas recogidas y, en frente, una ladera frondosa de un verde intenso.

Pomena es la población más cercana a los lagos, caminando 400 metros desde la entrada de la población se llega a Veliko Jezero, el lago mayor, y a un kilómetro se encuentra el puente que une a este lago con Malo Jezero, el menor. Allí es fácil acceder a bañarse, aunque el fondo no es nítido como el del mar. Lo que más disfruto es un breve paseo por el camino asfaltado destinado a los que quieren recorrer estas orillas en bicicleta. El color del agua, que no consigo captar con la cámara, es precioso, misterioso incluso, un verde turquesa pero denso, diferente también al del mar. Apenas se mueve y algunos kayaks flotan sobre su superficie sin alterarlo. Alrededor todo son pinos, como siempre aquí. Se abren claros en algunos tramos y ahí es donde la vista se expande desparramada sobre la superficie líquida. También en esos claros se puede acceder a la orilla descendiendo cualquier, improvisado o no, camino de cabras. Nos vamos dejando atrás las avispas, que están por todas partes en Mljet, pero aquí con una mayor densidad de población y un olfato ultra desarrollado para acercarse al más mínimo indicio de comida.

El día siguiente lo dedicamos a cruzar la isla. Llegamos a Saplunara. La playa de arena es un bien preciado y apreciado por nuestros pies ávidos de hundirse descalzos en esa humedad acogedora de la orilla. Aquí conocemos el verde ligero del mar, un verde diferente al del lago. Liviano, volátil, dócil hasta lamer con suavidad sus límites. La textura de la luz al caer la tarde sobre el mar es una performance poética.

 saplunara atardecer 2013-07-16 18.09.25

Pasamos todo el día recuperando el tiempo invertido en el trayecto. Llegada, despliegue logístico, M. come sus papillas mañaneras antes de entrar de lleno en la manipulación gustosa a la par que desconcertante de la arena, nos bañamos, nos hacemos bocadillos huyendo de las avispas, que aman especialmente el jamón. Se nos posan mariposas en las aletas. Paseamos admirando la playa desde lo alto de un camino que se aleja de ella. M. duerme. Leemos y escribimos. M. se despierta, nos volvemos a bañar. Risas alegres al ver las zancadas que da para caminar en el agua, levantando la pierna hasta la cintura, hasta que se cansa y decide levantar las dos y flotar, sabedor de que esto es como volar, muy levemente ayudado por nuestros brazos. Volvemos en coche, de camino están Sobra, de donde parten los ferries, y también Babino Polje.

saplunara alto 2013-07-16 16.23.45

El tercer día en Mljet vamos a Ropa, un embarcadero en el que bañarse sin sombra, a los pies de un acantilado espectacular, y con menos de diez personas refugiándose en los recovecos que dejan las rocas. Para acceder al mar bajamos un tramo de escaleras sin un final aparente desde un auto-camping paradójicamente sin vistas al mar. Nada más sumergirse, Ramón ve una estrella de mar roja. El agua está limpia y se mueve con fuerza. Mi inmersión sólo permite ver erizos, las cuerdas flotantes que amarran a dos pequeñas embarcaciones y un ancla, como las que acompañan siempre a los cofres de tesoros hundidos en las ilustraciones de los cuentos.

La tarde es para Pomena, la población cercana a los lagos. Allí utilizamos una piscina de bebés propiedad de un hotel con bar abierto al público, que también ha dispuesto hamacas y sombrillas frente al mar, en una superficie de hormigón. Para acceder al agua han colocado dos escaleras metálicas. Con ese gesto: cubrir de hormigón e incrustar unas escaleras, los croatas convierte cualquier trozo agreste de mar en una piscina. El concepto produce rechazo de entrada pero, una vez dentro, nadando con un tremendo fondo bajo el pecho, mecido por un oleaje activo pero con la posibilidad de salir en cualquier momento caminando por una escalera, me imagino acariciando a un ser salvaje, es la misma tentadora sensación que la de acariciar a un tigre como si fuera un gato. Domesticar el mundo, ese incorregible vicio humano.

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