Estar (en el Sobrarbe)

Llegamos hace dos días. Con la incertidumbre de cómo se sentiría volver a estar en este lugar. Justo el día en el que las golondrinas se habían colado en un texto matinal, descubrimos que también habían anidado en la entrada de esta casa de campo restaurada. 

 

Ahora, sentada en una hamaca, sólo las oigo a ellas, el batir de las alas de un gorrión y, de vez en cuando, también el ruido de verano de las moscas. Huele a verde, a higuera, a campos segados, a trigo aún sin cosechar. Ahora un perro a lo lejos. Sólo un perro para un sólo habitante. 

 

Son las 8 de la mañana, el sol compensa el frescor matinal para el que no me he preparado. He salido a escribir, esa forma de bajarme a la realidad, hasta conectar con la raíz, con lo profundo, o tal vez con el centro, un punto indeterminado en el mapa del cuerpo y sus alrededores. Pero estar aquí basta. Este lugar sólo te pide estar. 

 

Estar en una poza donde el agua ha redondeado la piedra hasta esculpirla creando preciosas cascadas que no superan la altura de tu rodilla. Estar entre campos ajenos al desconcierto del mundo. Estar frente a lo que la naturaleza crea sin intervención humana alguna, el jardín imprevisible al que nadie riega y que, aun así, sobrevive. Estar en el mundo de siempre, en el que nos precede y sucede. Recordando su existencia. 

Sé el primero en comentar