Dolceacqua, un paseo entre los dulces y el tiempo

“¡Buon giorno!” Nos llega su voz antes de verle por los recovecos de Dolceacqua, en el extremo noroeste de Italia, muy cercana en el mapa a la frontera con Francia. Sus calles estrechas apenas dejan pasar la luz, a menudo directamente no pasa porque las casas se entrelazan con pequeñas pasarelas en forma de arco o cubren el cielo del camino con bóvedas de piedra.

“La historia dice que estas piedras son del 400, siglo V, pero yo no lo sé, claro. El castillo, en cambio, es de 1250, como el puente, pero está todo reconstruido, no es lo mismo que era, esta piedra que está así antes no lo estaba. Hoy está cerrado, sólo abre sábado y domingo… Pero ¡prueba estos dulces! Son dulces antiguos, sólo miel y harina, éste fruta y chocolate… Los hago yo”.

Es imposible decirle que no a Giuseppe. A pesar de que nada invita a probar esos dulces, desmigajados en una bandeja roja que no pasaría ningún control de seguridad alimentaria, la calle no deja opción a una huída, las casas están separadas por apenas dos metros, poco más. Vayamos en la dirección en la que vayamos, su mirada nos perseguiría sin ningún esfuerzo.

“¡Buon giorno, Giuseppe!” Un policía vestido de uniforme, un uniforme que podría remontarse al siglo pasado o incluso uno más allá, amigable, muy joven, de cara extremadamente amable, tampoco puede pasar por delante sin coger algo, podría ser la almendra garrapiñada de cada día, o casi. No es la primera vez ni la segunda que toma algo de la bandeja roja. “¡Coge más!”, por un momento la frase me conecta con mis congéneres gallegos, con ellos también es imposible no tomar más, siempre más, de lo que sea que te ofrezcan. “Engordaré demasiado…”, dice señalándose un vientre absolutamente plano. “¿Dónde está la Via Doria?”, le pregunta. “Ésta es la Via Castello. Gira a la derecha”.

Las calles de Dolceacqua

La sensación de estar en una película italiana, esa escena en un lugar fuera del tiempo -al menos del presente-, no tiene precio. La historia prosigue con la narración de Giusseppe de parte de su vida. “A medida que creces tienes problemas, más problemas, con los padres, con los hijos… Yo tengo dos que trabajan en el Casino de Mónaco. La vida se pone difícil con los años y el cerebro no funciona como debería funcionar… Mi madre es de Barcelona, pero la Barcelona de Sicilia, yo soy calabrés. En Barcelona hay una virgen negra, la Madonna…”

En ese momento, aparecen dos personas más, camino al Castillo, aunque hoy esté cerrado vale la pena atravesar esas calles. “Yo también soy de Barcelona”, dice ella, de la de Sicilia. “Te he oído hablar de ella” -a ella también le llegó el sonido antes que la imagen de Giuseppe, porque está justo al girar la calle y tiene entonación de un grande del teatro.

El incremento de público hace que la descripción de la Madonna cobre fuerza, el hombre de los dulces narra y dramatiza sobre la historia de su hijo, sólo uno de los múltiples milagros que se le atribuyen a la virgen y que él se entrega a divulgar. Nos enseña su brazo, tiene la piel de gallina. El poco dominio del italiano hace que me pierda los detalles pero habla del amor, de la importancia del amor y los ojos se le llenan de lágrimas.

A pesar de su aspecto, en general frágil -chaqueta vieja y mal abrochada, uñas excesivamente largas-, bajo su gorra de invierno y enmarcados por un pelo largo y canoso, sus ojos son fuertes y su porte también. Es alto y con la capacidad demostrada, humano tras humano, de convencer a cualquiera de que pruebe sus dulces, de llevarte a su terreno y transmitir una dignidad que no admitirá el KO a pesar de los golpes.

Seguimos el camino al castillo y cuando regresamos de bajada, nos regala una revelación como despedida: “tenéis que saber que todos podemos viajar en el tiempo, todos, lo hacemos cuando soñamos…”.

No es extraño creerle desde ese rincón del mundo, tal vez él haya sido el artífice de un viaje al pasado y el policía no sólo llevaba un uniforme del XIX sino que estábamos en el siglo XIX y Monet acaba de pasar por allí a retratar el puente sobre el río Nerva.

Puente sobre el río Nerva, que Monet dibujó hacia 1884

Comemos en una Osteria, sin que nos abandone cierto olor a bodega, a lugar cerrado y húmedo como las calles de este pueblo ensartado en la montaña. La pasta es deliciosa, el entorno mayoritariamente silencioso y suenan de vez en cuando las campanas de la iglesia color pastel bajo la que estamos.

Caen unas gotas, el aire se respira fresco, los gatos se encargan de hacer de cualquier escena algo más memorable. Partimos dirección a San Remo.

Felino residente en Dolceacqua

 

Agradecimientos:

El autor de las fotos de este post

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