Mostar y los ecos de la guerra

Entramos a Bosnia por Grude, anoto en la libreta dos palabras que sirven para ubicar el paisaje: “verde y vacas”. Caen unas gotas pero hay niños jugando al lado de sus casas. Casas con el ladrillo a la vista pero que parecen habitadas y adornadas con flores. A continuación, desguaces en frente de las casas, cruces y alguna iglesia. Paramos en una tienda a la orilla de la carretera, compramos fruta y la mujer que nos la vende le regala un plátano a M., buscamos una palabra para despedirnos, nos ayuda: “en Grude adiós se dice como en Croacia: bog”.

Proseguimos el camino hacia Mostar y vemos uno de los múltiples carteles que indican el camino a Medjugorje, más anunciado en los últimos tramos de Croacia que en lo que llevamos de Bosnia, aunque es poco.

Entramos a Mostar rodeados de montaña. Nunca la imaginé así. Srebrenica, Mostar, son nombres con los que nos familiarizamos de niños, los nacidos en los 80. En mi habitación había un libro que nunca me atreví a leer, era de una niña que vivió la guerra en Sarajevo, Diario de Zlata, aún lo recuerdo, entonces tenía mi edad y narraba su experiencia en aquellas páginas. Al llegar aquí las marcas de aquella guerra sobre la que no quise leer en primera persona, se materializan.

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Nada más entrar en la ciudad vemos las casas agujereadas y abandonadas. Se encoge el estómago. Adnan nos viene a buscar, hemos reservado unos días para dormir en un apartamento propiedad de su familia.

saltador bajaDesde la terraza vemos el puente viejo de Mostar, que ahora es nuevo, el verdísimo río Netvara y a los profesionales de la caída libre que se tiran cada poco tiempo desde su punto más alto, 21 metros de altura.

Desde esa terraza Adnan nos explica que cuando se ponga el sol oiremos petardos, que no debemos asustarnos, se deben al Ramadan y anuncian el final del ayuno. En otro lugar sobraría la advertencia pero aquí un petardo podría bastar para romper el equilibrio de un estado anímico ya quebrado. ¿Quién garantiza que no podría volver a ocurrir lo que ya era impensable?

Es joven, no debe llegar a la treintena, lleva una camiseta de cuello muy abierto con una cadena dorada colgando del cuello y cuatro pendientes entre las dos orejas. Habla bien inglés y se muestra muy dispuesto a ayudar en lo necesario. Vive justo en la casa de enfrente, a través de su fachada blanca, aún se puede adivinar dónde fue necesario cubrir la huella de la metralla. “La guerra es para los historiadores. Hay que mirar adelante. No hay dos lados de un puente -dice refiriéndose a la sección musulmana y católica de la ciudad-, hay un sólo río. Para mí toda la gente es igual”. Sin embargo, cuesta creer que sea posible olvidar algo que tantas paredes aún no han olvidado. Aunque no sólo hablan las paredes, al lado de la mezquita más célebre de la ciudad, muchas de las lápidas visibles desde la acera indican un final abrupto y común: 1993.

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Minaretes y cruces sobresalen por toda la ciudad y se alternan el sonido de las campanas con los cantos con los que se llama al rezo desde las mezquitas varias veces al día. También el de los aplausos que acompañan a cada uno de los saltos desde el puente. Hoy cuelga de él un cartel en recuerdo a las víctimas de la masacre de Srbenica, en la que murieron más de 8.000 personas, en 1995.


 

Dos días después no consigo que Mostar deje de parecerme una ciudad triste. De hecho, ni siquiera me apetece escribir sobre ella. El río que la atraviesa tiene un color precioso y está enclavada entre montañas, un lugar que en mi imaginario nunca asociaría a un conflicto y, sin embargo, es imposible eludirlo. Hay rastros de la guerra por todas partes, el mero recuerdo lejano pesa como un plomo en el abdomen al pasar por delante de lo que antes fueron hogares y ahora sólo restos de piedra agujereada, sin ventanas, vacías de palabras, sustituidas por hierbajos.

2013-07-12 15.14.51 war photo exhibitionLo único que se me ocurre al ver a los hombres sentados en sillas en una estrecha acera muy cercana a la zona vieja, pero ya fuera de ella, es que es imposible vivir aquí si has conocido la guerra. Y, sin embargo, se vive. Al lado de sus sillas hay una panadería que cuece un pan exquisito, la dependienta sonríe con cariño al descubrir que somos españoles y, como en las tiendas de souvenirs, también ella conoce algunas frases en castellano. En un radio de menos de 100 metros, coexisten tres ultramarinos, con más de 7 clases de champú, H&S mentol, manzana, limón… y zotarella, en lugar de mozzarella.

En todos estos pequeños, minúsculos almacenes, hay gente y, en el exterior de una de ellas, niños y adolescentes, con la risa floja característica de la edad. Intercambiamos nombres y procedencias. Barcelona provoca cierta admiración. Una de ellas tiene amigos allí y también dice algunas frases en español, otra afirma que irá a estudiar durante dos años. Una vez que todos han dicho sus nombres, Ramón los repasa adjudicando un nombre distinto a cada uno: tú te llamas Juanito, Pablo, Carlota, Juana y Pepa. Con este último nombre explotan las risas y una de las niñas empieza a emitir gruñidos de cerdo. Tardamos unos segundos en descifrar que ¡están imitando a Pepa Pig!, ese personaje rosa y extrañamente entrañable que se ha apoderado del nombre en este lugar. Las carcajadas llenan la calle de acera a acera, como sucedería en uno de esos capítulos de la familia cerdo, que en cada capítulo se tira al suelo para reír a gusto. También a nosotros  nos entra la risa. Al marchar nos preguntan a dónde vamos: “¡A pasear para que duerma M.!”, nuestro hijo de 1 año. Ya de lejos nos gritan su facebook.

Al día siguiente la curiosidad ante tanto cartel anunciando su existencia, nos lleva a visitar Medjugorje, un santuario plagado de tiendas de souvenirs religiosos y con cuenta de Twitter. Vemos las montañas desde lo alto, infinidad de puestos de souvenirs con la virgen representada en los más diversos soportes, un bautizo, una boda y un peregrino que llega en calcetines blancos con las plantas de los pies escaldadas.

2013-07-13 12.36.08 souvenirs medjugorje copiaParamos a comer en un restaurante con dos ovejas dando vueltas cual pollos al as en la entrada y coincidimos con la familia del bautizo, hablamos con la madre del niño, Peter, de un mes, hermano de Lucía -así suena-, de dos años. Nos dice que en septiembre vuelve a trabajar, que los niños no van a la guardería hasta los tres años y que como vive sola con su marido, cosa buena para ambos, se hace más difícil por no contar con ayuda para la comida, la plancha y el cuidado de los dos hijos. Así que cuando vuelva al trabajo deberá decidir si contratan a alguien para que cuide a los niños o si lleva a Lucía ya a una guardería. Todo esto en un inglés fluidísimo y una conversación muy agradable. Poco después entra un grupo de hombres variopinto y algo espeluznante, el tono de su voz, la agresividad que desprenden, no invitan a alargar la sobremesa, así que nos vamos.

Por la tarde, volvemos a pasear por Mostar, por el centro histórico, reconstruido y plagado también de souvenirs. Al lado del río se celebra un festival de música. El cielo anuncia lluvia y en unas horas se confirma. Una tormenta implacable empieza a descargar agua sobre los asistentes, sentados a lo largo de largas mesas cubiertas con manteles de papel. A pesar de ello resisten un buen rato. Les observamos desde la ventana de la casa en la que nos alojamos y que tiene unas espectaculares vistas al río. Hacemos apuestas sobre cuándo se rendirán, admirados por su capacidad de resistencia mientras cenamos unos trozos de pizza comprados en la panadería. Al día siguiente partiremos, acabamos las maletas mientras la lluvia acaba finalmente por apagar la música.

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